El arma con la que nos apuñalamos en México

Por Paulina Cebada @paw_cediz

* Este texto se publicó originalmente el 29 de junio de 2017 en El blog de LEXIA en Animal Político.

 

Aún recuerdo la clase de ética profesional sobre la importancia de la privacidad. El doctor Bedolla inició con una pregunta: – ¿es importante dividir la vida pública de la privada? O para ser más claro, ¿consideran que es un derecho decidir qué hacemos público y qué no?

Hubo muchas respuestas aquel día, pero la lección fue clara: el derecho a la privacidad es el derecho que tienen las personas a determinar qué, a quién y cuánta información sobre sí mismas revelan a otros, pero principalmente, el derecho que tienen los individuos de que otros no espíen en su vida privada.

La semana pasada, muchos años después de mis clases de universidad, estando en boga el tema del espionaje gubernamental, escuché una opinión en radio, que me pareció el colmo de la resignación:

“Esto ya pasaba antes, aquí y en otros países y es algo que se ha sabido siempre, ya es normal que esto suceda”.

Y como todo fenómeno social en México, la normalización es el arma con la que nos apuñalamos mutuamente con justificación, con resignación, con apatía.

Otros comentarios que me ha tocado escuchar alrededor del tema están relacionados con la relevancia de la información que mantenemos en privado y la posición de la figura que se espía. Y es que pareciera que es irrelevante la información que mi vecino quiera mantener en secreto, porque no espero que guarde códigos nucleares, no debería preocuparse por el espionaje, a nadie le importa su vida privada, pero si la publican seguro voy a estar al pendiente.

Suena a una doble moral en donde, desde hace varios años, condenamos la intromisión a nuestros secretos mejor guardados, pero vemos con morbo, agrado y diversión la exposición de la vida privada de famosos y políticos, costumbre cada vez más generalizada, que ha logrado que la privacidad desaparezca irrumpiendo en todos los rincones de la vida de cualquier individuo que ocupe la escena pública.

Sin duda, poner sobre la mesa el debate sobre el derecho a la privacidad es complejo, pues todos podríamos ser juez y exigiríamos la transparencia total en ámbitos públicos y privados de las acciones de gobernantes, líderes de instituciones y empresarios; sin embargo, no estaríamos de acuerdo con ser igual de transparentes.

Ahora bien, ¿con qué nos topamos de frente cuando la normalización de fenómenos como el espionaje se convierten en un arma de poder?

Lo dijo Edward Snowden, aquel joven consultor de la agencia de seguridad nacional estadounidense que reveló la existencia de programas de espionaje electrónico en su país: la vigilancia no tiene que ver con la seguridad, tiene que ver con el poder.

Y que es bajo la premisa de que un programa como Pegasus sea utilizado para mantenernos a salvo de los terroristas, se encuentra la manera de pasar por encima de nuestros derechos y de poner en riesgo la vida de activistas y periodistas que parece que hoy en día representan una amenaza mayor para el gobierno que incluso el mismo narcotráfico.

Si ahora el Gobierno declara que también “se siente vigilado”, tal vez sea porque entró al juego de pisar los derechos del otro con tal de ganar la partida, de tener más poder, de tratar de imitar esquemas de gobiernos autoritarios como China en donde la prensa libre representa un peligro político, pero, haciendo todo esto bajo del agua, porque en México se silencian las críticas con violencia y se ocultan en fosas clandestinas como polvo bajo la alfombra.

La obsesión de inmiscuirnos en la vida privada de los otros no traerá nada bueno. Una persona espiada se convierte en blanco fácil, expuesta al ridículo, al chantaje, a la manipulación e incluso la agresión física y la muerte. La cuestión es, ¿qué juez no cambiaría un veredicto por miedo a ser expuesto en su versión más privada? Cuántas veces no hemos visto exceso de especulación en los mercados por filtraciones de la vida privada de algún involucrado en las transacciones. Siempre vale la pena recordar que somos parte de un todo y ninguna acción está desvinculada.

Si queremos realmente tener un mejor país debemos empezar por reconocer los derechos del otro y respetarlos. Ya lo dice un amigo, “si a ti te gusta ir al baño tras paredes de cristal, está bien, pero no esperes que todos lo hagan”.