Tecnologías de castas: racismo y clasismo

* Este texto se publicó originalmente el 31 de Julio de 2018 en El Blog de LEXIA de Animal Político.

 

Por: Adrián López (@Adrianlm11) y Juan Hernández (@Juhanhdx)

“El odio a las razas es más bien el abandono de la naturaleza humana”.

Orson Welles

Hace casi ya 30 días que fuimos a votar a una de las miles de casillas instaladas en el país; fue el proceso por el cual realizamos la elección más grande en los últimos sexenios. Cerca de las 8 de la noche salían de manera inédita José Antonio Meade y Ricardo Anaya a reconocer el triunfo de Andrés Manuel López Obrador. El triunfo de AMLO no solo fue reflejo del hartazgo de los mexicanos de un sistema político, sino el punto de partida para la emergencia de nuevos horizontes y nuevas problemáticas para el país.

Pocos días después del triunfo y a partir de una simple fotografía de la próxima familia presidencial, detonó una serie de ataques racistas y clasistas, haciendo visibles estructuras negativas y muy poco consientes en la mente social del mexicano, pero practicadas a diario de diversas formas: el clasismo y el racismo.

Durante el siglo XVIII se estableció en la llamada Nueva España un documento que estableció una estratificación social, las llamadas castas, las cuales determinaron la pertenencia a un grupo social basado en el origen social, color de la piel y mestizaje. Desde esa marca hasta nuestros días el color de piel y el estrato social caminan de la mano dividiendo pueblo y generando conflictos.

A casi tres siglos de distancia, la polarización de un país mostró e hizo enfático que existía una nueva tecnología de castas relacionada por la simpatía u odio por alguno de los candidatos presidenciales, de manera que acepciones como “los chairos” y la “la sociedad fifí” fue la forma de mostrar estas separaciones, intensificando las relaciones entre el color de la piel y la condición socioeconómica.

Hace pocos años un estudio del INEGI correlacionó color de piel y posición social, dejando ver como en México existe una pigmentocracia, término acuñado por Susana Vargas: “el establecimiento de una relación entre poder y color de la piel (y otros rasgos fenotípicos) como legitimación del dominio de personas de piel blanca sobre personas de piel oscura”. En LEXIA también llegamos a esta conclusión a partir del análisis de comunicación y publicidad y encontramos como el color de la piel es el signo o el pre – texto de algo más grande que se llaman relaciones de poder y de superioridad.

¿El triunfo de AMLO agudizó el racismo y clasismo? ¿Son fenómenos exclusivos de nuestro país?

Consideramos que la respuesta a estas preguntas es NO, vemos problemas de racismo, clasismo y migración en Italia, España, EU y México. Diversas manifestaciones de estos problemas se articulan al sistema neoliberal y se hacen más complejos. El neoliberalismo afirma que todo individuo puede escalar en la pirámide social por sus propios méritos, sin embargo, podemos ver que la movilidad social continúa atravesada por el origen étnico, como en el sistema de castas, hoy sigue haciendo mucho ruido que personas morenas o de un color de piel distinto al blanco ocupen posiciones de poder.

La crisis ideológica y política ha recrudecido algo que se consideraba parte de un pasado lejano, la promesa de la gran sociedad democrática, postracial, que abraza la diferencia, parece tener matices mórbidos en donde estas expresiones parecen ser permisivas.

En las elecciones pasadas en EU, Trump supo capitalizar miedos racistas. Después del aire de progresismo creado por Obama vino un aire enrarecido con racismo y xenofobia.

En México las relaciones de poder y la discriminación son mejor identificadas en las diferencias por clase social. Sin embargo, nos enfrentaremos con un monstruo de dos cabezas, racismo y clasismo articulados. En México somos racistas por motivos clasistas. Y parece que en los años venideros estas expresiones podrían ir incrementándose y calando cada vez más hondo en el campo social y político.

Será clave que el nuevo gobierno y la nueva sociedad tenga la capacidad de escuchar y poder contar con dispositivos que enfrenten estos problemas, los visibilicen y puedan resolverlos ya que se podría correr el riesgo de que en 6 años una fuerza política se apropie de miedos raciclasistas como lo hizo Trump.

Es importante apuntar que el cambio político en el fondo también es un cambio subjetivo y ético, no sólo se quiere una nueva asamblea, sino una nueva manera de sentir, de pensar y sobre todo de relacionarnos con el otro. Un México postracial y postclasista puede ser el sueño de muchos mexicanos, un México orgulloso de sus múltiples colores y de todas sus diferencias, una vida sin acorralamientos, sin estigmas que deriven en procesos de exclusión para definir la posibilidad de opinar, participar, elegir y decidir.

Los tiempos venideros serán de un auténtico cambio de paradigma y de época, tenemos enfrente y reeditados los miedos y odios que han destruido a los pueblos en los últimos dos siglos, como el racismo y por otro lado se encuentran los nuevos posibles, lo impensado el deseo de encontrar nuevas formas de vivir juntos. Ya dependerá de nosotros que elegir y cómo realizarlo.